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jueves, 30 de mayo de 2013

"La llama de hielo" Capítulo 1 "Todo final tiene un comienzo" por Alberto Leiva


La llama de hielo

1.-”Todo final tiene un comienzo”


«La soledad dio paso a la tristeza, acompañada por la oscuridad que hay en la pérdida de todos los corazones. Vacíos que nos alejan y nos dejan ausentes de la realidad e inmersos en un sin fin de melancolía»




Todo comenzó hace un mes. El 12 de diciembre de 2018. Yo estaba en el concello de Vigo. Inaugurando una estatua de Jensen en la plaza del rey cuando sucedió. Un estallido en el sol, una tormenta solar... No lo sabemos con certeza. Lo único que sabemos es que ese fue el origen de todo. Después de que sucediera eso, el sol perdió luz. Pasó a un estado de hibernación o algo por el estilo. Los días pasaron a ser como amaneceres o atardeceres. El sol se empezó a ver como si fuera otra luna. La temperatura del planeta comenzó a descender. En dos semanas nos pusimos en 50º bajo cero. Todo se congeló. Ríos, lagos, fuentes, calles, todo... La propia ría de Vigo se ha congelado.

Estamos refugiados en un bunker que se construyó en la segunda guerra mundial. Cuando me dijeron la localización del bunker y que era el único sitio donde podríamos vivir un tiempo, me quedé boquiabierto. El propio alcalde me contó en el momento de la explosión la existencia del bunker. Está situado debajo del Castro. A unos quinientos metros de profundidad. Lo construyeron los nazis cuando se inició la guerra civil española. Al parecer querían tener un sitio seguro donde no ser descubiertos por si algún día tenían que escapar por aquí. El alcalde me contó que Hitler no murió en 1945. Escapó hasta Vigo, donde pasó una temporada escondido en el bunker, en este jodido sitio. Al mes de estar aquí esperó que todo se calmara y se escapó en un minisubmarino hasta argentina.

Me da asco el pensar que en este mismo sitio vivió ese mal nacido, respiró este aire y paseó por este suelo.

El bunker no es muy grande. Tiene una gran sala central. Es circular con mesas, sillas y una barra de bar. Aquí es donde comeremos y donde charlaremos. A esta sala se accede por un pasillo que va a dar al concello, donde hay un montacargas para subir o bajar. Al rededor de la sala central hay muchas puertas que van a dar a 50 habitaciones. Cada habitación cuenta con una cocina y un baño. También tienen un armario tan grande como una pared donde entra multitud de ropa. Justo enfrente del pasillo está la que dicen que fue la habitación de Hitler. Está cerrada por un código mecánico de piezas. No sabemos cual es la clave y no podemos acceder a ella. Las puertas dentro de este bunker son de hormigón con hierro. También hay 5 almacenes. Todo el bunker está forrado de madera con aislantes. En el pasillo desde el concello hasta la gran sala, en el suelo hay una alfombra roja con la “flor de nieve” dibujadas en los laterales. En la gran sala hay una alfombra también roja que cubre todo el suelo, esta tiene dibujos distintos como las típicas alfombras de salón. En las habitaciones hay moqueta de color rojo.

Aunque la temperatura en el exterior es de 50º bajo cero, en el interior del bunker la temperatura es de cero grados. Comparado con el exterior aquí estamos en verano. Como decía aquí dentro somos cien personas. Todos desconocidos. Personalmente no conozco a ninguno de los noventa y nueve. Hay de varias edades. Hay dos niños y exceptuando a cuatro ancianos los demás somos hombres y mujeres de entre dieciocho y cuarenta y cinco años. Es nuestro primer día aquí dentro. Ni siquiera sabemos que hacer, ni que va a pasar, ni como vamos a sobrevivir a esto. La temperatura en el exterior es demasiado extrema. Nuestras familias y amigos... En su mayoría están muertos o desaparecidos. Las comunicaciones se destruyeron con la gran explosión pero para colmo esta no fue la única catástrofe. Algo pasó con la explosión del sol. A los dos días la mayor parte de los humanos contrajeron una enfermedad extraña. Era como una gripe pero algo más fuerte. Los ojos se te iban poniendo cada vez más amarillos, hasta que llegaba un momento que empezaban a sangrar. Así hasta la muerte. Ningún medicamento hacía efecto. Al día siguiente de aparecer esta enfermedad una enfermera se presentaba en tu casa con un maletín escoltada por dos militares. Ella te tomaba una muestra de sangre y se iba al siguiente piso. Así hasta hoy por la mañana. Al parecer nosotros cien somos inmunes a ese virus. Militares han ido a nuestras casas y nos han arrastrado por la fuerza hasta este bunker. Se nos ha metido aquí dentro y se ha cerrado la puerta desde fuera. Dijeron que en cuanto se estabilizara la situación fuera, nos sacarían. El alcalde dijo que aquí dentro tendríamos alimento para un año entero. Sí... el alcalde también estaba infectado. Sus ojos eran casi rojos ya. También dijo que nosotros eramos la última esperanza para la humanidad en caso de que no se estabilizara la situación. Esto nos lo dijo una vez dentro del Bunker. Un portátil puesto en el medio de la sala central con un dvd listo para introducirlo y reproducirlo.

Las primeras horas aquí dentro fueron un caos, todos empezamos a golpear la puerta de entrada/salida pero no se puede tirar abajo una puerta de hormigón con hierro. Por lo menos no con lo que hay aquí dentro. He estado tranquilizando a todo el mundo y diciéndoles que encontraremos una solución a todo esto. También es cierto que mi mirada se centro más en una chica. Una chica de piel morena, ojos marrones brillantes, pelo rubio, estatura normal y delgada. Debe tener unos treinta y dos años. Se pasó todo el tiempo sentada en una esquina de la sala central. Según mi reloj llevamos cinco horas aquí dentro. Debería hablar con ella.

Me acerco a la chica y me agacho a su lado. Pongo mi mano izquierda en su rodilla izquierda y mi mano derecha en su hombro derecho.

-Hola, ¿estás bien?.

Que pregunta... pues cómo quieres que esté. Su familia y amigos están fuera muertos o muriéndose y ella está aquí encerrada con noventa y nueve desconocidos.

-Hola... pues mal...

La chica alzó su mirada y la clavó en mis ojos. Su tristeza se escapaba a través de sus ojos y se clavaba en mi corazón, desgarrándolo tantas veces que hacía que me doliera.

-No te preocupes, yo estaré a tu lado en todo lo que necesites.

Bravo campeón, te has vuelto a lucir. A dónde pretendías ir si no puedes salir del bunker...

-Me llamo Janet.

Janet extendió su mano para estrechármela. Así que yo le devolví el gesto.

-Yo me llamo Alberto.

-Sabía que te conocía. ¡Eres el escritor de “El diario de Jensen”!, Me leí tu libro y vi la película.

-Oh, vaya, si soy yo. ¿Qué te ha parecido?

-Me ha encantado pero tengo que reconocer que me gustó más el libro que la película. El libro era más personal y la película tiró un poco más hacia los efectos especiales que hacia el sentimiento del personaje en cada fase del libro.

-Me produce un enorme placer oírte decir eso. Ya sabes como son los de Hollywood. Cogen un libro y lo destrozan para hacer una película que rompa las taquillas.

-¿Qué te ha pasado?, desde Jensen no has escrito más.

-Bueno, con “El diario de Jensen”, conseguí todo lo que había soñado. Reconocimiento mundial, multitud de premios. El dinero y las ofertas me llovían torrencialmente. Se hizo la película, se hicieron comics y todo el merchandaising que le acompaña. Eso fue en 2014. De cierto modo al tenerlo todo me relajé pero no dejé de escribir. He escrito nuevos relatos cortos y nuevos libros pero no me he atrevido a publicarlos. Temía que si publicaba uno y no conseguía el mismo éxito que con “El diario de Jensen”, mi historia como escritor habría fracasado. La vida en estos años tampoco me fue una vida de rosas.

-Lo siento...

-No te preocupes, ya está todo arreglado. Bueno Janet, voy a ver que tal están los demás.

Janet me hizo un gesto de aprobación y me levanté. Pude ver como la gente ya se había ido calmando. Alguien debería decir unas palabras y no sé porqué siento que las tengo que decir yo.

-Hola a todos. Me llamo Alberto. Esto que nos han hecho es una putada. Nuestros familiares y amigos están fuera y no podemos salir. Estamos atrapados. Ahora mismo no estamos lo suficientemente lúcidos ni despiertos como para pensar en un plan de huida o por lo menos para poder entrar y salir de este lugar. Lo que haremos será comenzar a instalarnos y a buscar algo de la despensa para cenar. Deberíamos nombrar a alguien para que se encargue de racionalizar la comida. Yo he pensado en los más mayores. Nadie mejor que ellos van a saber racionar la comida para todos nosotros. Yo les echaré una mano en todo lo que necesiten. Como os fijáis hay cincuenta habitaciones y somos cien. Pienso que deberíamos dormir de dos en dos. ¿Estáis de acuerdo con estas medidas?.

-¡Sí!.

Un rotundo sí, afirmativo me hizo sentirme bien. De pronto todos empezaron a moverse a hacer lo que les había propuesto. Sus caras cambiaron, ya no estaban con tanta ansiedad. El tener algo que hacer es lo que nos hace vivir cada día. Camino hacia la puerta secreta. Según nos dijo el alcalde aquí vivió Hitler. Seguro que era su habitación o algo. La puerta está cerrada. En el lado derecho hay dos ruedas de números una encima y otra debajo. Como en los candados. Son dos cifras de cuatro dígitos. Supongo que la puerta solo se abrirá poniendo los dos códigos. ¿Qué habrá ahí detrás?. La duda me puede, la intriga de no saber que habrá al otro lado de la puerta.

-Señor.

Una voz de niño hace que me de la vuelta y mire hacia abajo. Es uno de los niños. Debe tener unos siete años, tiene el pelo rubio a lo calimero y ojos azules.

-Hola, pequeñajo, ¿en qué puedo ayudarte?.

-Dice mi madre si quiere venir a dormir con nosotros a nuestra habitación.

El niño me señaló a su madre que nos estaba mirando con cara de no saber lo que estaba pasando. Entonces ella llamo a su hijo.

-¡Daniel, quieres venir aquí y dejar a ese chico en paz!

-No se preocupe, él es un buen chico. Me ha venido a decir que usted le dijo que quería que durmiera con vosotros.

-Jajajaja, que idiota es, espero que no le haya molestado.

-No, no, para nada.

-De todas formas si quiere puede dormir con nosotros.

-Agradezco la oferta pero vosotros ya sois dos, eso dejaría a alguien solo y con este frío necesitamos darnos calor cuando durmamos.

-Entiendo...

-Oh no, no me malinterprete, me encantaría dormir con vosotros pero estaría siendo injusto con alguien. Gracias de todas formas. Por cierto, mi nombre es Alberto.

-Yo soy Raquel, y este granuja es mi hijo Daniel.

Le doy dos besos a Raquel y le doy la mano al pequeño Daniel. El se me queda mirando con cara enfadada. Creo que me odiará por un tiempo. Ellos se meten en la habitación y yo me voy hacia los almacenes. Quiero ver que hay en ellos.

Al llegar descubro que hay un montón de latas de conserva. Todo lo que pueda estar en latas lo hay aquí dentro. Bebidas de todo tipo, refrescos, alcohol, agua. También hay mantas y sacos de dormir. Mantas damos a tres por habitación y sacos de dormir a uno por habitación. Por suerte son sacos grandes, entran dos personas perfectamente. Tendremos que dormir juntos. Espero que no me toque dormir con un señor... tenía que haber dicho que sí a la chica y a su hijo.

En otra de las despensas también hay armas. Todas armas alemanas de la segunda guerra mundial. Esto es un peligro tenerlo con los niños y sin conocer a la gente. Debería cerrar esta puerta y guardar la llave. Tengo que decírselo a todos pero me da que habrá tensiones. Al fin y al cabo yo no soy nadie para tomar el mando de todos ellos. Me dirijo al centro de la sala. La gente ya está instalándose en las habitaciones.

-Por favor, venid todos un momento. Tengo algo que comentaros.

Esperé un momento a que se acercaran y comencé a explicarles.

-Bueno, veo que os estáis instalando en las habitaciones. Yo he visto los almacenes y tenemos comida y bebida de todo tipo y en abundancia. Aun así debemos racionarla lo máximo posible. Hay productos de limpieza y de higiene personal. Hay mantas, las he contado y hay tres mantas por habitación, así que luego haremos el reparto. Son todas iguales así que no habrá problemas. Hay sacos de dormir pero solo hay cincuenta. Uno por habitación. Con el frío que tenemos, no podemos arriesgarnos a enfermar. Hay medicamentos pero no hay muchos. Así que he pensado que deberíamos dormir las dos personas de la habitación dentro del saco. Por otro lado en uno de los almacenes hay armas alemanas de la segunda guerra mundial con municiones en abundancia. Consideré oportuno cerrar ese almacén con llave y guardar yo la llave. No sé si os parece bien o no pero creo que es lo más correcto. Así todos dormiremos seguros.

-¿Y si nos quieres matar?.

-¿Y si nos quieren matar?

-Nadie os va a querer matar. Estamos encerrados en un bunker y no podemos salir... ¿Además nadie sabe usar un arma no?.

-Yo sí, me llamo Alex y he sido sargento en el ejercito de tierra. Estoy de acuerdo con tu propuesta de cerrar la puerta con llave. Te apoyo.

Se hizo un murmullo y salvo unos pocos que me miraban raro, el resto me dio la razón.

-Está bien, procederemos entonces a repartir las mantas y los sacos. Alex y Raquel, ¿podéis hacer los honores?. Los demás haremos una cola y esperaremos nuestro turno para recibir las mantas y el saco de dormir.

Todos asintieron. Alex y Raquel se miraron y se dieron dos besos. Se pusieron manos a la obra.

-Y una cosa más, después de que termine la cola y montemos nuestras habitaciones. Los cuatro señores empezaran a coger lo que será nuestra cena de esta noche. ¿Os parece bien?. Yo les ayudaré y los demás os podréis sentar y charlar un rato.

Los señores me dijeron que sí con las cabezas y se empezó a montar la cola para recoger las mantas y el saco. Yo me fui al último puesto. Una voz ya familiar se acercó a mí.

-Alberto, ¿dormirías conmigo?, eres la única persona que conozco y con la que me siento segura.

-Por mi encantado Janet. Tendremos que buscar una habitación.

-Ya tengo una, la veinticinco.

-Me gusta ese número, es mi número favorito.

-El mio también.

Janet sonrió y se quedó a mi lado. En ese momento ya no pronunciamos ni una palabra más. Esperamos nuestro turno y recogimos nuestras tres mantas y nuestro saco de dormir.
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"La llama de hielo" por Alberto Leiva Pallarés se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

lunes, 27 de mayo de 2013


El señor del tiempo”

La hora perfecta por fin ha llegado. La hora en la que salgo del curro. Ficho y me largo. De camino al coche un señor se me queda mirando. Su vestimenta es rara. Como de otra época. Lleva traje negro y sombrero. La verdad que si quería dar la nota lo está consiguiendo. La gente está muy loca últimamente. Enciendo el coche y me largo. El hombre sigue mirándome con esa mirada fría como si fuera una estatua. Sin moverse pero sin apartar la mirada de mí.

Enciendo la radio y para mi sorpresa empieza a sonar Romeo & Juliet de los Dire Straits. Preciosa canción para empezar a disfrutar de mi descanso hasta mañana. De pronto una moto se me mete delante haciendo una maniobra peligrosa. Me adelantó por la derecha y se metió delante casi rozando mi defensa delantera. El coche de delante pega un frenazo lo que hace que el motorista se desestabilice y se vaya al suelo. Piso el freno a toda velocidad pero ya es demasiado tarde.

La moto y el motorista se meten debajo de mi coche. Un flashazo extraño hace que todo esto haya parecido una imaginación en mi cabeza. El motorista está delante con su moto. Adelantando más coches. Sin frenazos, sin desestabilizarse. Sin muertos. Extraño... Que demonios ha pasado aquí.

Al llegar a mi casa me quedo extrañado por el suceso. Quizás necesite más descanso. He dormido poco estos días. Me pego una ducha, me preparo algo de cenar y me voy al salón. Vivo en un octavo. Por encima tengo cuatro pisos más.

En la tele están poniendo una peli que siempre me ha encantado. Para mí es una de mis películas favoritas. “Walk the line”. Trata sobre la vida de Johnny Cash.

Un grito hace que mi atención se desvíe hacia la ventana. He visto algo caer. Gritos en la calle hacen que me levante apresurado. Al asomarme contemplo que un trozo de cornisa se ha caído a la calle. Debajo de los escombros hay lo que parecen dos personas. No puede ser... ¿Qué está pasando hoy?. A diez metros vuelvo a ver al hombre de mirada extraña. ¿Qué hace ahí?. Está mirando hacia mi otra vez. Un escalofrío recorre mi cuerpo. El sudor frío hace el resto. Estoy aterrado. Algo extraño está pasando.

La noche fue larga. Vino la policía, dos ambulancias y tardaron en limpiar todo el desastre que se había llevado la vida de dos personas inocentes. Agotado me fui a la cama. No podía más. Los párpados me pesaban y realmente necesitaba descansar.

Al despertarme hice lo de siempre, ducha, desayunar e irme a trabajar. En el ascensor no me encontré a nadie. Al salir del portal, levanté la mirada y vi algo que hizo que me quedara paralizado. La cornisa del edificio estaba perfecta. No faltaba ningún trozo. La acera estaba impoluta. Ni manchas ni baldosas rotas. Qué demonios pasa.

Al mirar hacia arriba contemplo como una de mis ventanas se abre. No puede ser... vivo solo. En la ventana se asoma el señor raro. Mirándome una vez más. Las piernas me flaquean. ¿Quién demonios es ese hombre?. Subo las escaleras corriendo y abro la puerta de mi casa. Entro y registro todas las habitaciones. Para mi sorpresa solo hay vacío, soledad. Nadie salvo yo. Sin embargo la ventana está abierta. Camino hacia ella y la cierro. Al darme la vuelta un grito profundo y fuerte salió de mi garganta. El señor extraño estaba detrás mía. Con su mirada fría de estatua. Mirándome fijamente. Un olor a jazmín le acompañaba. El miedo me paralizó. No sabía que hacer.
Tras un momento, por fin pude pronunciar unas palabras. Le pregunté quien era. Me dijo que era mi custodio. ¿De qué hablas?, le dije medio enfurecido. A lo que el respondió. “Estás muerto y mi labor es que causes el menor de los daños hasta que por fin te vayas de esta realidad”. No puede ser, le respondí.

El tipo raro levantó su mano y la puso en mi cabeza. El flashazo volvió a deslumbrarme. Esta vez aparecí en la entrada del trabajo. Como un espectador me veía a mi mismo. Saliendo del coche y cruzando para empezar mi jornada laboral. A lo lejos vi el coche que había esquivado al entrar en el curro.

¿Qué...?, no puede ser... Lo había esquivado, acelerando el paso. Mi cuerpo yacía muerto en el suelo. El coche me había aplastado por completo. ¿Cómo no pude darme cuenta?.

De pronto el flashazo volvió a deslumbrarme. Esta vez para aparecer en un sitio completamente distinto. En este sitio estaban todos. Todos los que fueron desapareciendo a lo largo de la vida. El señor extraño me dijo que esta era mi nueva realidad, la realidad de los caídos. A lo lejos pude ver a viejos conocidos y me fui a saludarles. El señor extraño ya había desaparecido de mi vista. Me pregunto si volveré a verlo alguna vez.
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jueves, 23 de mayo de 2013

"Mi vida, mi hogar"


Mi vida, mi Hogar”

El último objetivo fijado. La mira era el chivato y mi dedo índice el juez en aquel momento. El sonido del disparo hizo eco en aquel maldito infierno. Un infierno en el que llevábamos dos años metidos. Siempre nos dicen, esta será la última misión y volveréis a casa pero siempre pasa algo. Siempre sale un nuevo terrorista en estas malditas tierras. Todos los días mueren soldados, compañeros, amigos... Afganistán es esta tierra y esta maldita guerra jamás terminará.

Soy el sargento Scott y tengo a mi cargo a cinco soldados. Cuatro chicos y una chica. Jimmy, Mikey, Standley y Sven han caído en este momento. La soldado Juliet está herida en el suelo. Los atacantes eran siete terroristas cargados con rifles de francotirador y AK-47.

Puedo escuchar a Juliet pidiendo auxilio. Me echo a correr apresurado a su posición y me agacho a su lado.

-¡¿Dónde te han dado Juliet?!.

-Estoy jodida mi señor... Me han dado en el estómago. De esta no saldré... Solo quiero irme a mi hogar, señor... Lleveme a mi hogar...

Juliet comenzó a llorar. Destrozada, sabiendo que su final estaba cerca. Siempre había sido muy fuerte y muy valiente pero en ese momento ella perdió todo orgullo que le hacía sobrevivir un día más en este infierno. He visto a hombres corpulentos derrumbarse y ella obligarle a levantarse con carácter y autoridad. Ya no había de eso en su mirada.

-Estoy contigo Juli y no me voy a separar de ti. Te prometo que te llevaré a tu hogar.

Ella estaba muriéndose y no tuve valor para decírselo. Le habían dado en el hígado pude reconocer la herida por la sangre oscura. Le quedan minutos de vida. La pobre y joven Juliet. Vino aquí como todos nosotros. Con el único objetivo de arreglar el mundo. Y el mundo se la lleva.

-Señor, es la primera vez que me llama Juli. Debe ser realmente grave mi herida. Además nunca le vi llorar. Siempre estuvo fuerte cuando le necesitamos. Quiero darle las gracias mi señor. Ha sido un honor luchar a su lado.

-¡No te despidas Juliet!, ¡es una orden!

-Lo siento Scotty. Mi tiempo se termina. Solo quiero irme a mi hogar...

-¡Noo, Juli, Juliet!.

Pude sentir su último aliento tras sus últimas palabras. Su vida se había escapado de su cuerpo. Mi fuerza se fue en ese mismo momento. Mi pelotón había muerto y solo quedaba yo. Lo peor que me podía pasar. Había compartido momentos con todos ellos y ahora ya no estarán jamás.

Cuando el Black Hawk hizo aparición yo estaba sentado mirando el cuerpo sin vida de Juliet. Los chicos hicieron lo que tenían que hacer. Me concedieron mi libertad... Dejé el ejercito con méritos y una buena paga pero un gran vacío en mi corazón. Mis chicos estaban muertos. Lo único que venía a mi cabeza eran las palabras de Juliet, “Llévame a mi hogar”.

Cuando le entregue a su madre la bandera fue uno de los momentos más duros. El entierro fue otro momento duro. En su lápida ponía un epitafio que su madre me pidió. “Mi vida, mi hogar”. Para todos mis chicos había terminado aquel maldito infierno. A mí me tocaría aguantar unos cuantos años más.
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domingo, 19 de mayo de 2013

“Filtro sin cadenas”


Filtro sin cadenas”

Rose sabía que aquella era su única oportunidad de salir de aquel agujero en el infierno. Sabía que si se marchaba de allí, rompería las cadenas que le mantenían presa para poder correr libre por un paraíso desconocido para ella. El pájaro llamado Chevrolet, estaba a tan solo a unos metros. Esperando ansioso que su nueva dueña cabalgue con él miles de kilómetros sin parar.

Un motín, el motín desencadenador de la locura más extrema. Todo fue perfecto. Los guardias de la cárcel hicieron lo que tenían que hacer. Contener a las presas seguido de lo que siempre hacían. Violarlas. Por suerte para Rose ella nunca había sufrido aquellas brutalidades. Pero esta vez era distinto. Quería que los cabrones la llevaran a la sala del amor. Así la llamaban los guardias. Una vez consiguió su magno plan. Hizo lo que tenía previsto. Antes que ninguno de esos gordos obsesionados con el sexo forzado llegara a penetrar su preciada vagina. Ella saco un puñal hecho con material de la cocina que escondía en su muñeca derecha. Directo a los huevos del primer guardia. El más cercano. Seccionó la mitad de su miembro, lo que hizo que empezara a chillar como un desgraciado. Rose sabía que era su momento, ahora o nunca. Comenzó a lanzar su puñal hábilmente a las gargantas de los guardias. Eran tres y los tres yacían doloridos y ensangrentados en el suelo. Sin sus miembros, que permanecían muertos en el suelo. Rose cogió las llaves de la prisión y una pistola de uno de los guardias. Solo dos puertas la mantenían alejada de la libertad... de su pájaro liberador llamado Chevrolet.

En su interior podía escuchar a su propia voz diciéndole “Corre Rose, corre”. Hecho. Una vez fuera allí lo está. Su Chevrolet.

Con el motor encendido y el coche en marcha, pisó el pedal del acelerador hasta el fondo para alejarse de aquel lugar. Rose empezó a recordar el porqué había estado en prisión. Su exmarido le había pegado desde que se habían casado hasta que al quinto año tras una paliza ella acabó con aquel miserable. Cuando la policía llegó a su casa ella estaba durmiendo en la cama mientras su marido estaba muerto desangrado en el suelo del salón. Cuando el juez le preguntó “¿Qué hacía usted dormida en la cama?”. Rose sonrió y dijo “Era la primera vez desde hacia mucho tiempo que no tenía miedo a que ese cabrón me golpeara mientras estaba dormida”. El juez le dijo que la entendía y que él quizás habría hecho lo mismo pero que las leyes le obligaban a actuar muy a su pesar en esos casos. Aunque si es cierto que solo le puso un año de prisión. Del cual solo cumplió una semana. Una semana en la que organizó el motín para ir a la sala del amor y desencadenar una orgía de placer en su interior.

Esta vez sí, pensó Rose. Esta vez sí, seré libre. Encontraré a un chico que me haga feliz y me largaré de esta mierda de pasado que me persigue. Ella sabe que en algún lugar hay un chico que le hará olvidar aquel tormento sufrido para que un día siendo anciana le cuente a sus nietos que una vez, hace mucho tiempo ella había tenido un mal sueño. Un mal sueño al que llamaría pasado.

Dos horas después de emprender el viaje hacia ninguna parte vio una furgoneta ford parada en el arcén. Deceleró el Chevrolet y observó la situación. La furgoneta tenía el capó levantado y un chico intentaba repararlo. El corazón le dio un vuelco al pensar en no pararse. En ese momento pisó el freno y se bajó de su Chevrolet. Se acercó al chico y le preguntó que le pasaba. Él le dijo que se llamaba Joe y que su coche se había detenido. Rose no pensó otra idea mejor que decir que ella sabía de mecánica y que había crecido en una granja. Algo totalmente falso. Ella había nacido en New York y siempre fue una chica de ciudad. Lo más que sabía de mecánica era de lo que veía en las películas de coches que a ella le encantaban. Lo primero que se le ocurrió fue decirle que era el filtro del aire y que no se podía arreglar. Rose no sabía que era pero sentía algo por aquel desconocido que acababa de conocer. Quizás fueran sus ojos rojos como tomates de haber estado llorando durante bastante tiempo o que una voz sin alma le pidiera ayuda como un niño le pide a su madre que le proteja entre sus brazos.

Ella quería protegerlo, quería irse con él. Quería vivir una aventura, conocerlo. Marcharse de ese pasado y comenzar un nuevo amanecer con ese desconocido al que acababa de conocer. Al rato de estar hablando. Rose le preguntó a donde iba. Joe le dijo que se iba al lugar al que llaman lejos. Rose sonrió y le dijo que también iba en esa dirección. Rose le pregunta si le puede acompañar ya que ella ha tenido un problema hace un par de horas. Joe sonríe una vez más y le dice que sería un placer ir con ella en esta aventura. Rose se pega al bueno de Joe y le da un beso en los labios. Un beso fuerte y cálido que hace reaccionar a Joe. Que le devuelve el beso mientras la levanta por la cintura al abrazarla. Dejan de besarse y mirándose a los ojos sonríen como dos recién casados a punto de embarcarse en su luna de miel.

Se montaron en su Chevrolet y se largaron dando un acelerón. Atrás quedó la furgoneta del bueno de Joe, con sus cuatro intermitentes y un faro roto como guiñándole un ojo a Rose. Algo que le hizo reír. Se giró hacia Joe, se le quedo mirando y le dio otro beso en los labios. Esta vez fue un beso de esos que se dicen te quiero sin haberlo pronunciado.
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jueves, 16 de mayo de 2013

"Filtro de amor"


Filtro de amor”


El bueno de Joe se dirige a su casa en el valle. Después de una dura jornada recogiendo algodón en la finca de los Montepío. Una sonrisa nace en su boca, acompañada por una cara de felicidad idiota mientras se imagina a Martha, su Martha. De pie en el porche de su casa esperándole mientras el viento mece su vestido de seda rosa. En la radio está sonando la voz del gran Roy Orbison. Cantando para los solitarios bajo una luna llena en compañía de todas las pequeñas velas que le siguen en el firmamento.

Conduce su vieja camioneta Ford del 69. Con un faro roto y un sonido a chatarra que proviene de la parte delantera. El bueno de Joe piensa en llegar a su casa, salir de su coche, abrazar a su mujer y darle un beso. Su único deseo es estar a su lado tras un día de continuo ajetreo con el algodón. Lo único que le dará la paz que necesita ahora mismo.

Al llegar a su casa la mosquitera está abierta. Golpeándose con el aire. La luz del porche está encendida pero Martha no está en él. Esperándole como cada noche. Joe sale de su camioneta y entra en su casa. La oscuridad en ella le empieza a preocupar hasta que escucha un ruído. Es Martha y debe estar en la cama. Joe piensa que quizás le tenga una sorpresa. Quizás ha ido a comprar un conjunto nuevo de lencería para sorprenderle. Joe sigue con su sonrisa idiota. Entra en la habitación y contempla la sorpresa. La gran sorpresa.

Martha con compañía. Martha, su Martha está desnuda a cuatro patas mirando hacia él. Detrás tiene al hijo pequeño de los Montepío. La agarra por la cintura mientras realizaba envestidas una y otra vez. En el momento que la puerta se abrió. Martha se asustó y su vagina se cerró por el shock. El bueno de Joe pudo ver como justo antes de eso el hijo pequeño de los Montepío eyaculaba en el interior de su Martha. Enganchados por el shock. El bueno de Joe se cae de rodillas mientras contempla esa situación. Una situación que no se habría imaginado ni en la peor de sus pesadillas. Le gustaría salir corriendo. Le gustaría irse y no ver más de este momento. Joe comienza a llorar sin pronunciar palabra. Siente como su corazón se acaba de romper en trocitos más pequeños que migajas de pan. Migajas de pan que comienzan a fluir por sus venas, dándole la fuerza necesaria para levantarse, darse la vuelta e irse de la casa en dirección a su camioneta.

Martha llora en la cama con el pene del hijo pequeño de los Montepío introducido en su vagina. El joven se ríe mientas dice “Buen rodeo Martha, muy buen rodeo”. Seguidamente le da palmadas en el culo a Martha mientras ella llora desconsolada. Llora apenada y dándose cuenta que por esa puerta acaba de ver marchar al único hombre que le había amado en su vida. Ella sabe que no es una mujer muy bella pero sabe que para Joe la belleza exterior no lo era tanto sino que para él la única belleza era la que ella le hacia sentir.

Joe sale de la casa y se monta en su camioneta. Llorando y destrozado. Sin saber muy bien ¿cómo? ni ¿por qué?. Pero tiene que marcharse de este lugar para no volver jamás. Ahora solo tiene dudas. No sabe si en algún momento Martha estuvo enamorada de él o si siempre fue un engaño. Ahora todos los momentos a su lado pasan ante sus ojos en décimas de segundo. El momento en el puerto, cuando Joe le declaró su amor. El momento en el que se besaron por primera vez. El momento en el que sus cuerpos se unieron por primera vez. Tantos y tantos momentos que para él habían sido únicos y verdaderos. Martha la única razón para seguir cada día luchando con un trabajo que le rompía la espalda por una pequeña paga al mes. Pequeña pero suficiente para vivir con su gran amor. Ahora todo eso ha volado y lo único que puede recordar es el momento en el que el joven hijo de los Montepío eyaculaba en el interior de la vagina de Martha. Vagina que tantas veces el había besado y con la que tantas veces había jugado con todo el amor que le procesaba. Ahora se siente sucio, engañado. No quiere pensar en esto, solo quiere encender su maldita camioneta y marcharse. Marcharse tan lejos como ese cacharro le permita.

El sonido del contacto al introducir la llave de la camioneta y girar hace que por un momento Joe piense que esa maldita camioneta no va a encender y no podrá escapar de ese momento. Pero si que se produce. El motor arranca haciendo ese ruido extraño exterior. El motor suena cada vez más fuerte pero Joe ya está en la nacional 65, camino de ninguna parte.

Las luces de los coches que vienen hacia Joe se le clavan en sus ojos. Unos ojos rojos ensangrentados por el dolor de haber perdido a su gran amor. Llenos de agua como dos presas incontroladas que están desbordadas y rebosantes. Anegando a los pueblos que habitan en sus mejillas hasta llegar a su boca y desembocando en su barbilla.

Cuando pasan un par de horas el ruido delantero de la camioneta se hace cada vez más grande hasta que algo hace que la camioneta se detenga. Joe intenta encender otra vez la camioneta pero el contacto no funciona. Joe sale y abre el capó. Mira para todo lo que hay dentro pero no sabe ni por donde empezar a mirar. Al rato un Chevrolet para delante de su camioneta y del asiento del conductor sale una chica rubia, delgada y rebosante de felicidad. El bueno de Joe había dejado de llorar ya hacia un rato pero su cara era de tristeza aguda. La chica se acercó a Joe y le pregunto qué le había pasado. El bueno de Joe le dijo que su camioneta se había detenido. Que la parte delantera hacía un ruido pero que no sabía lo que podría ser. Ella se rió y le dijo que ella sabía un poco de mecánica. Sus padres eran granjeros y ella y sus hermanos aprendieron a trabajar con maquinaria. La chica le dijo que se llamaba Rose y que el problema posiblemente era el filtro del aire que estaba roto. Lo que hacía que el coche se ahogara. Eso hasta donde ella podía ver. Le dice que el coche no tiene mucha solución en ese momento pero lo que más le preocupa es él. Joe se queda sorprendido y Rose le dice que no hace falta que le diga nada. Que sabe que algo malo le ha pasado pero que no hace falta que le cuente nada. Rose se ofrece a llevarlo a algún sitio. Le pregunta hacia donde va. A lo que Joe responde “A lo que llaman lejos”. Ella sonríe y le dice que también se dirige a ese lugar. Joe sonríe y por un momento deja de pensar en lo que pasó hace un par de horas. Rose le pregunta si le puede acompañar ya que ella ha tenido un problema hace un par de horas. Joe sonríe una vez más y le dice que sería un placer ir con ella en esta aventura. Rose se pega al bueno de Joe y le da un beso en los labios. Un beso fuerte y cálido que hace reaccionar a Joe. Que le devuelve el beso mientras la levanta por la cintura al abrazarla. Dejan de besarse y mirándose a los ojos sonríen como dos recién casados a punto de embarcarse en su luna de miel.

Joe y Rose se montan en el Chevrolet y se marchan lejos con un fuerte acelerón por parte de Rose. La camioneta de Joe se queda en el arcén con los cuatro intermitentes puestos, el capó levantado y solo un faro alumbrando. Como guiñándoles un ojo en la despedida.
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martes, 14 de mayo de 2013

"Sombra y oscuridad"


Sombra y oscuridad”


La noche era calurosa. Se podía respirar el olor veraniego que se mueve por el aire. Los chicos Jack “El perro” y Simon Sunles, estaban sentados en el arcén de Sunset ave NW en Atlanta. Mirando a la luna llena e imaginándose como sería su futuro. Ellos de mayores. Ahora son dos chicos de catorce años con sueños de adolescentes. Sin olvidarnos de Julie Sumers y Monique Rodriguez. Los amores platónicos de los dos. Ellas son las chicas más guapas del instituto y los tienen locos. El único problema es que pasan de ellos. Están con los jugadores de fútbol del instituto. Los “Red Dragons”.

De pronto el joven Jack cree ver algo. Lo cierto es que sí que lo está viendo. No es un efecto visual ni ninguna alucinación. Simon también lo ve. Se quedan perplejos, sentados en el arcén. Una figura de unos dos metros y medio de alto, con un hábito negro con capucha tapándole el rostro. Sus brazos cruzados por dentro de las mangas hace que no se le vean las manos. Lo que no se le ven tampoco son los pies. No tiene pies, levita en el aire como un espectro.

Los dos chicos permanecen inmóviles de terror, mientras la criatura se les acerca. El pantalón corto del joven Jack comienza a humedecerse por la orina que se escapa directa a sus pantalones. El miedo hace que permanezcan paralizados ante esta situación. La criatura se les acerca y con un gemido siniestro, salido de lo más profundo del infierno hace que los dos chicos abran la boca aterrorizados con un miedo que jamás habían sentido. La criatura descubre sus manos y agarra con cada una de ellas a cada uno de los chicos por el cuello. Los levanta en aire y con un ligero movimiento parte sus cuellos. Tira sus cuerpos muertos al suelo y se agacha. Empieza a arrancarles los ojos y a introducirlos en su boca. Una vez termina de comerse los ojos se incorpora y desaparece entre las sombras.

Todo habría quedado en un homicidio por parte de algún vecino sospechoso, sino fuera por que la señora Lauren permanecía atónita a través de la ventana de su habitación. Agachada entre sus cortinas con la luz apagada. Un temblor involuntario recorría su cuerpo impidiéndole realizar cualquier leve movimiento. Quería gritar pero no tenía voz.

A las dos horas le contó lo sucedido a la policía, hasta que llego el FBI y se la llevaron a un cuartel secreto. Desde ese momento la Señora Lauren, una anciana solitaria y agradable. Querida por todos sus vecinos desapareció para nunca volver. Nadie volvió a preguntar por ella desde aquel incidente. La anécdota quedó guardada en el mayor de los secretos oscuros.

Al día siguiente en Cádiz, hubo otro suceso similar. Así día tras día. Hasta que comenzó a cundir el pánico.
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